Cuando oscurece temprano y nadie quiere salir
- Playlist cruzada. Cada quien llega con cinco canciones de su adolescencia, sin avisar cuáles, y las escuchan en orden con las luces bajas, una por una, sin celular en la mano. Quien puso la canción cuenta dónde estaba cuando la oyó por primera vez.
- Lotería con apuesta. Saquen la lotería, el dominó o unas cartas de truco y jueguen por algo pequeño: quien pierde va a la tienda de la esquina, quien pierde lava la taza del otro, quien pierde elige la próxima cita.
- Retrato a ciegas. Pongan un papel y un lápiz delante de cada quien y dibújense mutuamente en diez minutos sin mirar la hoja. Al terminar, enseñen los resultados con cara seria y cuelguen el mejor en la pared.
- Un viaje con Street View. Elijan una ciudad donde ninguno ha estado, abran el mapa y caminen sus calles a pantalla completa. Decidan dónde dormirían, qué esquina visitarían primero y en qué banca se sentarían.
- Apagón voluntario. A las siete apaguen luces, celulares y televisión, enciendan una sola vela y quédense una hora así, en el suelo o en la mesa. Pueden hablar o no.
- Un truco aprendido en un tutorial. Busquen un truco de cartas o de monedas, practíquenlo juntos hasta que salga y luego presenten el número a un público imaginario de un solo espectador. Cada quien tiene que engañar al otro al menos una vez.
Si lo que quieren es cocinar una cena de verdad, el mazo de cena romántica en casa tiene ideas para eso. Nada de lo de arriba pide cocinar, y es a propósito.
Anna: En el retrato a ciegas Sam me dibujó con tres ojos y una oreja en la frente. Lo pegamos en la puerta del refrigerador y ahora cada visita pregunta quién es el monstruo.
Cuando llueve, hay niebla o hace frío de montaña
- Un cerro con niebla. Suban a pie un cerro de la ciudad, Monserrate, el San Cristóbal o el que les quede cerca, cuando la nube está baja y no se ve nada. Lo que sí se ve es al otro a tres pasos, con el aliento en el aire.
- Chocolate caliente con queso. Vayan a una chocolatería del centro y pidan la taza espesa con un trozo de queso para hundir, como se hace en Bogotá. Se toma despacio, con el vapor en la cara y la lluvia contra el vidrio.
- Reflejos de charco. Salgan de noche después de la lluvia y busquen los charcos donde se ve mejor la ciudad al revés: semáforos, letreros, faros. Cada quien toma tres fotos con el celular y al final votan la más bonita.
- Regatas de barquitos de papel. Cuando para la lluvia y el agua todavía corre por la orilla de la calle, hagan cada quien un barquito de papel y suéltenlos desde la misma esquina. Corran a su lado hasta la alcantarilla.
- Un día de nieve prestada. Si hay una montaña cerca, vayan por un día: Farellones, el Nevado de Toluca o lo que el invierno les deje a mano. Lleven guantes, una bolsa de plástico para deslizarse y cero expectativas de esquí.
- Estrenar abrigo en el mercado. Cuando llega el primer frío de verdad, vayan a un mercado artesanal y cada quien escoge un poncho, un gorro o unos guantes de lana para el otro. Se los ponen ahí mismo y se toman una foto.
Sam: Hicimos los barquitos con un volante del supermercado. El de Anna llegó hasta la esquina; el mío se hundió en el primer charco, y ella le organizó un funeral con discurso incluido.
Cuando quieren luces cálidas y gente alrededor
- Una posada de barrio. En diciembre, súmense a una posada de la cuadra, con su piñata, sus villancicos y su ponche, aunque no conozcan a nadie. Cada quien se presenta con un nombre inventado para los vecinos.
- Puestos de noche, un bocado cada uno. Recorran un tianguis o una calle de comida nocturna con una sola regla: el primero compra algo en un puesto, el otro en el siguiente, y se turnan para que ninguno pueda elegir dos veces seguidas.
- Una peña o un bar de boleros. Busquen un local chiquito donde alguien toque guitarra en vivo, sea una peña en Santiago, un bar de boleros en el centro de la Ciudad de México o una sala de tango. Se sientan cerca del escenario y piden una sola ronda.
- Mirar una milonga. En Buenos Aires o en cualquier ciudad con salón de baile abierto, entren a mirar una milonga desde una mesa, sin bailar. Escojan una pareja cada uno y adivinen cuánto llevan juntos.
- Una librería de viejo abierta hasta tarde. Paseen por las librerías de la avenida Corrientes o las de cualquier barrio con libros usados, separados durante veinte minutos. Cada quien busca un libro con una dedicatoria escrita a mano y se lo lee en voz alta al otro.
- El alumbrado de diciembre. Caminen despacio por el centro cuando lo cubren de luces: el Zócalo, la plaza de Bolívar, una avenida entera con figuras. Elijan su figura favorita y la que menos les gusta.
Si quieren algo más largo que una noche, el mazo de escapadas de fin de semana en pareja tiene destinos para el próximo fin de semana.
Cuando el presupuesto es cero
- Un cementerio histórico. Entren a uno de esos cementerios de ciudad que son casi un museo al aire libre, como la Recoleta o el Cementerio General, y lean las lápidas en voz alta. Cada quien elige la que más le gusta y la que le dio más risa.
- Domingo de entrada libre. Averigüen qué museo no cobra el primer domingo del mes y vayan a la hora en que abre. Cada quien escoge una sala y se la muestra al otro sin leer los carteles.
- Música en el kiosco. Muchas plazas tienen banda o música en vivo los domingos por la tarde. Lleven un termo de casa, siéntense en una banca y escuchen hasta que se acabe el programa.
- Ciclovía del domingo. Con una bicicleta prestada, o dos, salgan a la avenida cerrada al tráfico, de la mañana fría a la primera hora de sol. Pedaleen a ritmo de conversación.
- Un partido de barrio. Vayan a mirar un partido de liga amateur en una cancha de tierra, con un termo de café y las manos en los bolsillos. Elijan un equipo cada uno y apuesten un favor pequeño.
- La puerta más linda del barrio. Caminen una hora por calles que no conocen con la misión de fotografiar la puerta más bonita, la más maltratada y la más misteriosa. Comparen el álbum al final.
Para más noches que no cuestan casi nada, el mazo de citas baratas tiene mucho donde elegir.
Anna: Fuimos a ver un partido de barrio sin conocer a nadie. Para el medio tiempo Sam ya gritaba el nombre del arquero como si fuera su primo, y una señora nos ofreció café de su termo.
Cuando pueden desaparecer una noche
- Una cabaña con chimenea. Reserven una cabaña en la sierra, en Mazamitla, Villa de Leyva o más al sur, con chimenea y mala señal. Lleguen antes de que oscurezca y pasen una hora cuidando el fuego entre los dos. Antes de salir, revisen el camino y lleven una manta extra.
- Termas bajo las estrellas. Metan los pies y luego todo el cuerpo en unas termas, en Chillán, en Papallacta o en los cerros de Mendoza, con el aire helado sobre los hombros y el vapor subiendo. Guarden el celular en el casillero.
- Un tren turístico. Tomen un tren de fin de semana, como el Chepe en el Cañón del Cobre, con una manta y un libro cada uno. Miren pasar pueblos y potreros por la ventana.
- Un pueblo con niebla fuera de temporada. Elijan un pueblo de montaña en pleno invierno, de esos que se llenan en verano y ahora están casi vacíos. No reserven nada: busquen dónde dormir siguiendo las ventanas con luz. Salgan temprano para no manejar de noche por el camino mojado.
- Cielo despejado en el altiplano. Escojan una noche sin luna en un lugar alto y seco, el valle del Elqui, el desierto de Atacama o el altiplano mexicano, y echen la cabeza hacia atrás. El invierno regala el aire más limpio del año.
Sam: En el valle del Elqui nos acostamos sobre el capó del auto a esperar estrellas fugaces. Anna contó once y yo dos, y sigo pensando que ella contaba también los aviones.
Cuando el frío le cae mal a alguien de la pareja
- Un temazcal o baño de vapor. Reserven un temazcal o un baño de vapor con horario para dos y salgan con la toalla encima a descansar en la sala de espera. Sin celular y sin prisa.
- Un mariposario o un orquideario. Entren a un invernadero con aire tibio y húmedo, donde todo es verde y hace calor de pleno verano. Busquen la flor o la mariposa más rara y bautícenla entre los dos.
- Cata de café de especialidad. Pidan una cata de cafés de origen en una cafetería de especialidad que tueste su propio café y prueben tres en fila, sin saber de dónde son. Anoten cuál le gustó a cada uno.
- Aprender a tejer. Anótense en un taller de tejido de una tarde con dos agujas y lana gruesa. Cada quien empieza una bufanda y a la mitad se la cambian para seguir con la del otro.
- Una sala de cine con butacas reclinables. Busquen una de esas salas con butacas reclinables y mantas incluidas, y elijan la película por el título, sin ver el tráiler. Reclinen los dos al mismo tiempo.
Anna: Sam le tiene pánico al frío y aun así se anotó conmigo al taller de tejido. Su bufanda salió de veinte centímetros y torcida, pero se la pone todos los días de julio.