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30 ideas para segunda cita, cuando ya pasaron los nervios

Las mejores ideas para segunda cita continúan la primera: ya hay de qué hablar, así que conviene un plan ligero, de caminar y hacer algo juntos, en lugar de otra mesa frente a frente. Aquí están ordenadas por ánimo y por el tiempo que tengan, desde un martes después del trabajo hasta un domingo entero, casi todas sin reservar.

Equipo Twosies ·

Dos vasos de café para llevar y dos boletos de transporte sobre una banca de parque, con la luz dorada del atardecer.

Cuando todavía recuerdas lo que te contó la última vez

  • Su mercado de los sábados. Si en la primera cita te habló del mercado al que va todos los sábados, el del puesto de jugos y la señora de las hierbas, ese es el plan. Vayan juntos y deja que te guíe: qué puesto, qué jugo, a quién saludar. La gente se ilumina cuando le toca ser la experta de su propio territorio.
  • Los dos cafés. Discutieron cuál café del centro sirve el mejor café de la ciudad y nadie cedió. Vayan a los dos en la misma tarde, uno detrás del otro, pidan exactamente lo mismo en cada uno y voten al final con el celular boca abajo. Quien pierda lo admite en voz alta. Es una discusión que se convierte en recorrido.
  • El recorte. En la primera cita salió un tema que le importa: el pueblo de su papá, el equipo con el que sufre cada domingo, el volcán que quiere subir algún día. Antes de verse, busca algo de eso en papel, una nota vieja del periódico, una postal del pueblo, el póster de un partido, y entrégaselo al saludar, sin discurso. Que lo guarde o lo pegue en la pared, ya no depende de ti.
  • La canción en la rocola. Te contó de la banda que escuchaba a los quince, la del casete gastado. Busquen un bar viejo con rocola, pongan una moneda y elijan esa canción antes que cualquier otra. Mira su cara en el primer acorde. Después le toca a ella o a él elegir la tuya.
  • Lo que siempre quiso ver. Si en la primera cita dijo «nunca he ido a…», ahí está la segunda: la lucha libre de los viernes, un partido desde la tribuna popular, un rodeo, una función de títeres para adultos. Compren las entradas en la taquilla ese mismo día. Ver a alguien estrenar algo que tenía pendiente es mejor que cualquier plan que inventes tú.

Si la primera cita fue ayer y todavía estás pensando qué preguntar, las preguntas para primera cita siguen desde ahí.

Sam: En la primera cita Anna me contó que todos los sábados toma jugo de lúcuma en el mismo puesto de un mercado de Lima. En la segunda fuimos. El señor del puesto le preguntó si yo era “el de la cita”, y ella se puso roja hasta las orejas.

Cuando solo tienen una noche entre semana y un par de horas

  • La inauguración de una galería. Las galerías pequeñas suelen inaugurar exposiciones entre semana, de siete a nueve, con entrada libre y a veces una copa de vino. Recorran la sala por separado y cada quien elige la obra que se llevaría a su casa y adivina su precio. Al final pidan la lista de precios en la entrada: quien se acercó más elige adónde van después.
  • Billar en un salón antiguo. Busquen un salón de billar de los de antes, con mesas de paño verde y señores que juegan desde hace cuarenta años. Pidan una mesa por una hora y jueguen al mejor de tres. Nadie tiene que jugar bien: los de la mesa de al lado van a opinar igual.
  • Fruta que nunca probaron. Entren a una frutería o a un mercado al final de la tarde y elijan entre los dos tres frutas que ninguno conoce: pitahaya, guanábana, granadilla, chirimoya, lúcuma, lo que haya. Pidan que se las corten ahí mismo y prueben sentados en una banca. Una va a ser rarísima, y esa es la gracia.
  • Perfumes en el centro comercial. Recorran el pasillo de perfumes de una tienda grande y cada uno elige un aroma para el otro en las tiras de papel, sin explicar por qué. Escriban el nombre del perfume en la tira y guárdenla en la billetera. Es gratis, dura media hora y de pronto saben cómo los ve el otro.
  • El paseo del perro. Si uno de los dos tiene perro, la cita es su paseo de todas las noches: la misma ruta, la misma esquina donde se detiene, el vecino que siempre lo saluda. Es la forma más sencilla de mostrarle a alguien tu vida diaria sin invitarlo todavía a tu casa.

Si donde vives ya llegó el frío, las ideas de citas en invierno están pensadas para eso.

Cuando prefieren moverse a quedarse sentados

  • Bicicleta tándem en el parque. Muchos parques grandes alquilan bicicletas dobles. Una sola bici para dos obliga a ponerse de acuerdo en todo: quién va adelante, cuándo frenar, quién deja de pedalear en la subida. Den una vuelta completa al parque y cambien de lugar a la mitad.
  • Tanda de penales. Alquilen una cancha sintética por una hora, aunque sean solo dos. Uno patea, el otro ataja, y cambian cada cinco tiros. Lleven la cuenta en voz alta como si fuera una final. Nadie se ve elegante tirándose al suelo por una pelota, y eso quita cualquier pose.
  • La escalinata más larga de la ciudad. Casi toda ciudad con cerros tiene una escalera pública interminable. Súbanla contando los escalones en voz alta, sin parar más de dos veces, y descansen arriba con una botella de agua compartida. Después la bajada se hace sola y hay vista de premio.
  • Tirolesa a las afueras. En las afueras de muchas ciudades hay parques de aventura con tirolesa o canopy. Reserven una mañana, pónganse el arnés y crucen uno detrás del otro. Gritar juntos colgados de un cable rompe cualquier formalidad que haya quedado de la primera cita.
  • Una carrera de 5 km con número. Inscríbanse en una carrera de barrio de esas con camiseta y fruta en la llegada. La regla es ir juntos todo el recorrido, corriendo o caminando, y cruzar la meta lado a lado. Después, la foto con la medalla.

Anna: En la bicicleta doble Sam iba adelante y se negaba a frenar en las bajadas. Le grité todo el camino. Cuando cambiamos, hice exactamente lo mismo, y él gritó más que yo.

Cuando quieren reírse sin tener que lucirse

  • Mercado de pulgas del domingo. Recorran los puestos sin intención de comprar. Cada uno elige el objeto más raro de la feria, un teléfono de disco, un trofeo de tenis de 1978, una lámpara con forma de pez, e inventa quién fue su dueño. En una hora de cachivaches se nota más el gusto de alguien que en una noche de preguntas.
  • Una comedia vieja en pantalla grande. Busquen la función de una comedia clásica en la cineteca, en un cineclub o en el ciclo de cine de un centro cultural; en verano, también sirven las funciones gratis al aire libre en un parque. La sala se ríe con frases que todos se saben de memoria, y ustedes se ríen con la sala sin tener que decir nada ingenioso.
  • Recorrido de leyendas por el centro. En muchas ciudades hay recorridos nocturnos que cuentan las leyendas del centro histórico: el fantasma del convento, la casa de la novia que nunca se casó. Vayan, crean todo lo que diga el guía y decidan al final qué leyenda les pareció más inventada.
  • Juegos mecánicos de la feria. Cuando llegue la feria con juegos mecánicos, compren un puñado de boletos: carritos chocones, el martillo, la rueda de la fortuna al final. Los carritos chocones dejan claro en dos minutos quién maneja con rencor.
  • El bingo de la parroquia. Muchas parroquias y clubes de barrio organizan bingo un viernes por la noche. Compren dos cartones, siéntense entre las señoras que juegan con seis cartones a la vez y prepárense para perder. Si alguien de la mesa gana, celebren como si fuera suyo.

Para treinta planes más, está la baraja de ideas para citas.

Cuando quieren algo más tranquilo y más cerca

  • Una hamaca para dos. Lleven una hamaca doble, de esas que se doblan en una bolsa, a un parque donde se pueda colgar, y amárrenla con cintas anchas para no lastimar los árboles. Acuéstense hombro con hombro y miren las hojas moverse. Nadie tiene que dar el primer paso: la hamaca los junta sola.
  • Aves en el humedal. Muchas ciudades tienen un humedal o una reserva urbana con senderos. Lleguen temprano, con unos binoculares para los dos, y caminen despacio. Cada vez que uno vea un pájaro, le pasa los binoculares al otro. Hay que hablar bajito, y eso acerca.
  • Un libro de poemas y una banca. Lleven un solo libro de poemas, Benedetti, Storni, Neruda o el que tengan en casa, y siéntense en una banca con sombra. Cada uno abre una página al azar y lee en voz alta para el otro. No hace falta comentar nada después.
  • Discos usados. Entren a una tienda de discos usados y pasen las cajas juntos, buscando los discos que sonaban en la casa de sus papás. Si el dueño tiene tocadiscos en el mostrador, pidan escuchar una canción de cada uno. Comprar es opcional; contar de qué casa salió cada disco, no.
  • Un coro en una iglesia antigua. Muchas iglesias del centro tienen conciertos de coro o de órgano al caer la tarde, gratis o a cambio de una colaboración. Siéntense en la banca del fondo, donde el sonido llega de todas partes, y quédense hasta la última nota. Al salir, la calle parece más ruidosa que nunca.

Cuando la conversación se ponga más callada y quieran ir más hondo, las preguntas para conocer a alguien pasan de lo básico.

Sam: En el humedal estuvimos cuarenta minutos esperando a una garza que no se movía. Anna me pasaba los binoculares cada dos minutos para decirme “sigue ahí”. Fue la cita más callada y más rara que he tenido, y la que más recuerdo.

Cuando la noche se acaba y nadie se quiere ir

  • El carrito como punto final. Al principio de la noche, acuerden dónde termina: el carrito de arepas, de salchipapas o de hot dogs de la esquina, los churros de la plaza. Todo lo demás puede cambiar, pero el final se queda. Así el cierre de la cita es algo que esperan, no una despedida apresurada.
  • La vuelta a la plaza. En muchas ciudades y pueblos la gente sigue dando vueltas a la plaza principal por la noche, sin rumbo. Únanse: una vuelta, dos, tres, hasta que alguno diga que ya es tarde. Es la forma más vieja del mundo de alargar una conversación.
  • Caminar hasta la siguiente parada. En lugar de esperar el autobús donde siempre, caminen juntos hasta la parada siguiente, o la otra. Esos diez minutos extra suelen ser los mejores de la noche, y nadie tuvo que inventar una excusa.
  • Mitad y mitad. Antes de despedirse, repártanse la tercera cita: tú organizas la primera mitad y la otra persona la segunda, sin contarse nada. Solo acuerden el día y la hora. La sorpresa doble ya es un motivo para no cancelar.
  • Algo prestado. Al despedirse, préstale algo: tu chaqueta si hace frío, un paraguas, un disco, una novela a medio leer. Algo que haya que devolver. Una cosa prestada es la invitación más discreta a la tercera cita.

Anna: Sam me prestó su paraguas “porque iba a llover”. No llovió. Lo tuve en la entrada de mi casa una semana entera, mirándome, hasta que le escribí para devolvérselo.

Más listas de citas y preguntas están en los artículos.

Preguntas frecuentes

¿Qué hacer en una segunda cita?

Algo con más movimiento que la primera: un mercado de pulgas, un recorrido de leyendas por el centro, una tanda de penales, el lugar que la otra persona mencionó la vez pasada. Tema de conversación ya tienen; el plan solo necesita darles adónde ir y algo que mirar juntos.

¿Cuánto tiempo esperar para la segunda cita?

Lo suficiente para no presionar, pero sin dejar que se enfríe. Escribe al día siguiente para decir que la pasaste bien y propone un día concreto, idealmente esa misma semana o la siguiente. Una invitación con fecha funciona mejor que un vago "a ver cuándo nos vemos".

¿La segunda cita debe ser diferente a la primera?

En el formato, sí. Si la primera fue un café o unos tragos en una mesa, la segunda puede ser caminar, pedalear o ver algo lado a lado. Pero mantengan el hilo: retomen una historia, un lugar o una promesa de la primera, para que se sienta como continuación.

¿De qué hablar en una segunda cita?

Empieza por lo que ya sabes: el viaje que estaba planeando, el problema con el jefe, el hermano que vive en otro país. Después deja que el plan traiga temas. Cuando haya una pausa, pregunta por cosas pequeñas, como su domingo ideal o lo último que le dio risa.

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